martes, 20 de junio de 2017

Blasco Ibáñez, escritor y político (1867-1928)

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Extracto CONFERENCIA sobre BLASCO IBÁÑEZ.
15/06/2017. Casinet de Rocafort, 19:30 h.


Debo agradecer a Republicanos de Rocafort, su constante brega en defensa de la cultura democrática y de los ideales republicanos y hoy, en particular, esta invitación, a presentaros la figura d’en de Vicente Blasco Ibáñez, uno de los personajes que llenaron de creatividad la transición del siglo XIX al XX, y los primeros años de este último, claves para entender nuestro mundo actual. Debo agradecer a todos vuestra presencia en este sencillo acto que pretender recuperar su memoria.

Quisiera tener –si me lo permiten– un recuerdo particular para Juan Goytisolo, que se nos murió el pasado día 4 de en Marrakech, Fue uno de los más importantes escritores del siglo XX en lengua castellana. Disidente e incómodo a los poderosos, innovador y contradictorio, vaya este poema, que he terminado esta misma tarde como homenaje a su memoria:
 La Tarde

La tarde retraída y lenta, 
se adentra
quedamente,
en el túnel del olvido.

¿Melancolía? 
No.
Herida oculta y en apariencia
indolora.
  
La floresta interior
demanda manantial para conculcar agonías… pero tú, nos ofreces,
¡Oh señor!, con minúscula:
Intrascendencia y muerte.
Lo sabes, don Julián.

A lo lejos, desde el desierto inagotable 
seguirá tronando la voz de Juan Sin Tierra,
la tuya, que junto al
sonsonete agudo
del clarinete clama
contra la torpeza del educando…

Es  la tarde, lenta y retraída, la
que sigue avanzando torpe, chabacana,
musa de un amor al que se le niega el sexo;
música, que no es música, que es
rugido, sí, el tuyo, para ejecutar la tristeza.

Incorporo esta chumbera, Níjar, a tu paisaje.
La tuya es la sombra del vegetal.

-¿La ves?
-Sí, la veo.

Se que la sientes ahí,
en tu tumba de piedra de Larache, y el silencio es,
maestro,
de ultratumba, y silba, rebota, traza figuras en la arena;  
es amigo, si,
de la tormenta interior la tuya y la mía en este desierto árido…
infinito.   
  
*   *   *
Vicente Blasco Ibáñez nació en Valencia en 1867 y murió en Menton (Francia) en 1928. Resulta prácticamente imposible resumir en media hora  la importancia, significación y versatilidad de la vida y la obra (en cualquiera de sus múltiples vertientes) de este autor. ¿Autor? Tal vez debería decir: escritor-universal, periodista, editor, agitador político republicano, masón; orador exhuberante, audaz viajero, colonizador en Argentina (colonia Cervantes), aventurero… Todas estas nominaciones servirían para acercarnos a su figura, dada la complejidad de las actividades desarrolladas por en Vicent Blasco en todas y cada una de las facetas citadas. Un hombre de acción, sí, pero también de pasión e ingenio. Me acercaré a su personalidad de escritor universal, sin obviar la de político y agitador republicano. Aunque estas dos caras envuelvan a otras muchas. Mi acercamiento será personal, desde la perspectiva del lector, del aficionado, y exenta de la ambición del experto.
Fue en los años 80 del pasado siglo cuando recuperé la figura de Blasco Ibáñez que tenía olvidada desde hacía más de una década. Releí, o mejor leí, con nuevos ojos y placer creciente, la mayoría de sus cuentos, los valencianos y los que no lo son, las novelas La barraca y Entre naranjos y, por otros motivos, su crónica sobre El militarismo mejicano, y sus dos novelas, tal vez, más universales Sangre y arena y Los cuatro jinetes del Apocalipsis; estas dos últimas motivado, además, por las versiones cinematográficas sobre ellas, pensando sin querer en como habían acrecentado la popularidad mundial del escritor valenciano. Sobre la primera hay cuatro versiones: la de 1916, del propio Blasco; en blanco y negro; la de 1922 con un deslumbrante Rodolfo Valentino en el papel de Juan Gallardo el torero; la de 1941 que me parece la mejor dirigida por Rouben Mamoulian y con un elenco de fábula: Tyrone Power, Tita Hayworth, Anthony Quinn entre otros monstruos, y la de de 1989 dirigida por J. Elorrieta con guion de Azcona y música de Paco de Lucía, y que sin embargo puede que sea la peor. A cual más tópica y disparatada.
Sobre la segunda, hay dos versiones americanas. Una muda (1921) ubicada en su tiempo (la Gran Guerra) y otra más llamativa y trabajada pero sacada de su tiempo, ambientada en la II GM y el nazismo), dirigida por V. Minelli, con Glenn Ford, Chales Boyer y un estupendo etc.  
Así qué, un melodrama sentimental Sangre y Arena, del que ni siquiera se puede deducir que Blasco Ibáñez estuviera a favor o en contra de los toros (de hecho, la novela acaba mal y el escritor subraya la brutalidad sangrienta de la ceremonia taurina) y una historia de aventuras bélicas y corte romántico contribuyeron sobremanera a fomentar la leyenda del Blasco Ibañez universal que reforzarían las proyecciones privadas en su propia villa Fontana Rosa en Mentón, una vez “exiliado” el prócer levantino. Un dato.  





Casi al tiempo quedé impactado por las impresionantes fotografías de su segundo entierro en Valencia en 1933. El gobierno de la Segunda República, recogiendo al parecer el sentir popular, decidió trasladar los restos del ilustre valenciano (de origen aragonés) a su ciudad natal. Su llegada al puerto de Valencia (procedente de Menton) reunió a una multitudinaria comitiva que le acompañó hasta el cementerio parando en el ayuntamiento en presencia de autoridades y personalidades, convirtiéndose en el mayor acontecimiento que había vivido esta ciudad desde tiempo inmemorial. Impresionante el ataúd, adornado con simbología masónica. Blasco fue miembro ilustre aunque poco activo de esta hermandad abiertamente inclinada, entonces, al republicanismo, que exhibía así, su peso político en las instituciones de la época. Las imágenes, de gran impacto, quedaron grabadas en el inconsciente colectivo y relanzaron su figura en toda España. La puesta en escena del acontecimiento desbordó lo previsto, y podría calificarse en el lenguaje mediático actual como evento de gran relieve, como una evidente manifestación de explosión popular. En fin, un reconocimiento tardío a su importancia universal. Puede decirse que Blasco Ibáñez, como el Cid Campeador, ganó su última batalla después de muerto.

Sin embargo, Blasco Ibáñez, no siempre fue un personaje tan popular ni tan querido por las masas valencianas. Tuvo tantos enemigos y detractores como seguidores fanáticos que sobrevaloraron o desacreditaron tanto su carrera literaria como sus aportaciones políticas.
(…)
Comentaré algunos aspectos de sus papeles esenciales como escritor universal que envuelve al de periodista (o propagandista) y el de político y agitador de masas, creador de una versión peculiar del republicanismo, personal e intransferible: el blasquismo, del que seguiremos hablando.

Literariamente Blasco Ibáñez se inicia con el llamado género folletinesco. El folletín era una novela por entregas que solían publicar los periódicos en páginas aparte. El público lector de periódicos buscaba con especial interés las páginas de estos encartes. En ocasiones, eran leídas en voz alta en los pequeños casinos de los barrios de la ciudad. No debemos olvidar que no existía la televisión, ni los móviles, ni siquiera las sesiones semanales de cine… El analfabetismo era considerablemente mayor que el actual en cifras, pero también era mayor el afán de las masas ignorantes en su adoración por el saber y era mayor el respeto por la cultura escrita. Los folletines de Blasco seguían el modelo trazado por el autor francés Eugenio Sué en Los misterios de París. Su primera novela Carmen fue un folletín de éxito, aunque no tanto como La araña negra publicado en 1892, un extenso y alambicado novelón de más de mil páginas (en formato de libro actual, reeditado hace poco por Editorial Renacimiento) cuyo objetivo era claramente anticlerical y apuntaba a minar el prestigio de la Compañía de Jesús, cuyo poder en la enseñanza y en la sociedad no cesaba de crecer.
Veamos un fragmento de la segunda parte del prólogo redactado por el propio autor donde describe a don Tomás, el personaje jesuítico de este folletín:
[“Su edad, unos cincuenta años; su estatura más que regular, su defecto físico saliente, un arqueo de espaldas que casi llegaba a ser joroba y su rostro el de un hombre que (…) tuvo el pelo rojo y ahora (…) lo ostentaba de un color indefinido y sucio; sus mejillas chupadas, su boca contraída por una eterna sonrisa, mezcla de la mansedumbre del esclavo y de la abnegación del mártir, pero que en ciertos momentos desaparece para que pase con la rapidez del relámpago una expresión altiva, sarcástica y soberbia que parece indicar que sobre aquellos labios está en su casa pues representa el verdadero carácter del individuo. En cuanto a los ojos (…) miraban con la dulzura de la paloma… cuando no tenían la misma expresión cruel, avarienta y cobarde del milano ladrón.”]
De la extraordinaria resonancia de esta novela entre las clases populares se hicieron eco el también político republicano valenciano, Julio Just Gimeno, y el propio Pío Baroja, vecino de Valencia en 1892, quién recordaba que su título se estampaba sobre las piedras de las calles mediante un sello de hierro con tinta azul. Una auténtica novedad publicitaria.

Esta moda folletinesca, muy panfletaria, fue decayendo en el escritor y, aunque continuó publicando algunas de sus novelas por el sistema de “entregas”, dotó a su producción de mayor sentido social e incluso universal sin perder nunca del todo el punto de vista de su universo costumbrista y cotidiano. Procuró acortar sus textos; buscó propagar ideas progresistas en pro de la defensa de las libertades democrático-burguesas, de clase media ––botiguers––, a la que él mismo pertenecía, y de sus ideales republicanos.
Blasco siguió, al principio, el movimiento literario romántico y leyó autores  como el italiano Manzoni o el francés Lamartine, pero volvería a cambiar sus formas estilísticas bajo el terrible impacto de la Primera Guerra Mundial (Gran Guerra o Guerra Europea) para internarse en los universos de la novela realista de Víctor Hugo o el naturalismo de Emilio Zola.
La influencia del naturalismo desde su óptica peculiar que combinaba realismo y crudeza con exotismo y fantasía, se reflejó cada vez más en su obra posterior a los folletines. Por otra parte su desarrollo como escritor corre parejo a su vida como periodista, y esta, a su vez, estuvo casi siempre bajo el influjo de sus ideas políticas. Recordaré su colaboración en los semanarios: “El Miguelete” y “El Turia”, hasta que el llegó a concebir un proyecto periodístico propio, el lanzamiento del diario “El Pueblo”, del que será director, redactor jefe y periodista esencial.

Todo ello sin dejar de viajar. Lo hará ya en su época folletinesca, a Madrid, donde entró en contacto con Fernández y González, famoso folletinista. Sus padres le obligarán a terminar la carrera de abogado, que no llegará a ejercer como tal por dedicarse intensamente a la política desde el republicanismo más activo contra la monarquía borbónica, como activista contra la guerra de Cuba… como propagandista Esta actividad política le llevará a ser perseguido por la policía en varias ocasiones y tener que huir de Valencia, escapando en una ocasión a Argel y, en otra, más tarde, a París, desde donde enviará crónicas al periódico “El Correo de Valencia”.
En 1911 se casará en Valencia con María Blasco que le dará 4 hijos: Mario, Libertad, Julio César y Sigfrido (los nombres dicen mucho sobre sus preferencias políticas y culturales).
(…)
Blasco siempre combinará la política, el periodismo y la literatura, en este orden o al revés; sostendrá abundantes polémicas con otros políticos republicanos de ámbito nacional o local (como Rodrigo Soriano), con el que mantendrá un estéril combate ideológico).
Para sostener sus ideas, publicar parte de su abundantísima producción e introducir ideas nuevas, nada mejor  que disponer de una editorial propia, y así surgió PROMETEO, editorial que creó en 1914 y dirigió durante años. Domiciliada en la Avenida Germanías nº 33, dio a conocer, además de obras, a los mejores autores europeos del momento.
(…)
Para comprender mejor tanto la trayectoria del Blasco escritor como la del político y polemista republicano nada mejor que situarlo en el contexto histórico de su tiempo. Tal vez el acontecimiento de mayor envergadura que le tocó vivir fuese, además de las guerras de África, Cuba y la dictadura, sobre todo la Guerra Europea o Gran Guerra, que luego hemos llamado Primera Guerra Mundial.
España fue “neutral” en esta guerra. En parte, salió beneficiada y empresas, empresarios, hacendados y comerciantes exportadores se enriquecieron vendiendo sus productos a las potencias europeas en conflicto, como calzados, alimentos,  arroz (producto valenciano que superó a las naranjas en este tiempo), armas, municiones y pertrechos diversos. Pero la situación política generada por su no participación, aisló un tanto internacionalmente a España, aunque Madrid se convirtió en un centro de espionaje internacional. Blasco, que viajó y visitó los frentes de guerra franceses, redactó una extensa crónica sobre ella que se publicó bajo el título de Historia de la Guerra Europea. Tanto el autor como la mayoría de los republicanos de su tiempo eran abiertamente francófilos y anti germanófilos. El país, sin embargo, estuvo dividido casi en dos mitades en el apoyo a los dos bandos contendientes (los Aliados por un lado y los Imperios Centrales por otro).
(…)
No es fácil situar a Blasco sin hablar del anticlericalismo, del suyo y el de los republicanos. Blasco mantuvo una pugna, tanto en la prensa como en sus escritos e intervenciones públicas, una batalla de ídeas contra la opulencia y prepotencia de las altas jerarquías de la Iglesia Católica. Entre otras intervenciones, criticó y ridiculizó al arzobispo de Valencia, que bendijo el envío de tropas a Cuba para contener la rebelión de los cubanos contra el Imperio español. El escritor se refirió a los miles de jóvenes que sirvieron de carne de cañón en esta guerra como “el rebaño gris o los hijos de los pobres”, los únicos que de verdad iban a morir por la patria… Organizó también una manifestación contra los Estados Unidos de América… Por todo ello fue denunciado, acusado, juzgado en consejo de guerra y condenado a prisión.
El escritor huyó refugiándose primero en Italia, experiencia de la que salió su libro En el país del arte, y más tarde vuelto a Valencia en una barraca, en el pueblo de Almácera, de donde pasó a un almacén de vinos. De esta nueva experiencia salió, según cuenta el mismo, la que es, tal vez, su novela más celebrada, La barraca, que, curiosamente, tan solo logró vender 500 ejemplares de los 700 de su 1ª y única edición al precio de una peseta el ejemplar. Pero alcanzó una difusión masiva al ser publicada por entregas en el periódico “El Liberal” que editó diez mil ejemplares (Prólogo, pág., 8 de la edición de Plaza & Janés). La inmunidad parlamentaria le alcanzó al ser elegido diputado, en dos ocasiones, por Valencia, librándole de pisar la cárcel.  
(…)
Rebobino para resaltar que los inicios del siglo XX serán el punto de arranque del nuevo estilo de Blasco como escritor. Cañas y barro aparecerá en 1902, La catedral en 1903, El intruso en 1904, La bodega y La horda en 1905, novelas orientadas en distintos escenarios, y propensas a destacar por sus contenidos sociales, rasgo que no habían tenido sus primeros escritos. Aparte de las influencias que le llevaron por este camino, algo tuvo que ver en esto una mujer de la que se enamoró, instalado en Madrid, Elena Ortuzar, una chilena casada con el agregado comercial de la embajada de este país en la capital de España, que luego se convertiría en su segunda esposa. Fue su gran amor, aunque todo, en este sentido, se desmoronó en 1907… Viajó de nuevo a París varias veces, e inició otra serie de novelas como Sangre y arena (1908) o Los muertos mandan (1909), que pueden ser calificadas de psicológicas.
Vendrán, luego, entre 1914 y 1918, sus dos novelas de guerra: Los cuatro jinetes del Apocalipsis, un intenso drama familiar que lleva al enfrentamiento de su rama francesa con la de origen alemán, provocado por la contienda, y Mare Nostrum, donde aparecerá el tema del espionaje. Más adelante, y sin parar, se sucederán obras de aventuras, novelas históricas como El paraíso de las mujeres, y un sinfín más.
(…)
Blasco Ibáñez, políticamente, fue un progresista defensor a ultranza de las libertades democráticas y del republicanismo entendido según el modelo francés con su cuño particular. La creciente influencia que ejerció el diario “El Pueblo” (publicado con escasos medios) dotó de sentido y organización a los núcleos de activistas y políticos republicanos que se movían en torno al escritor, dando origen a una corriente política propia que se conoció con el nombre de blasquismo, apoyada tanto en sus dotes intelectuales como en una inflamada oratoria muy del gusto de la época.
Es interesante reflexionar en torno a la concepción que del progreso se tenía entonces, muy alejado del uso y abuso que parece el término actualmente. No se trataba simplemente de aquello de ‘seguir siempre adelante’, de ‘llegar más y más lejos’ como proponen los modelos actuales de la alta competición deportiva o de la revolución tecnológica, sino de atreverse a imaginar ideas en torno a la realización de una sociedad más libre e igualitaria y no avergonzarse por el “adelanto” (progreso) que esto suponía.
Ello no invalidaba el carácter práctico, e incluso eficiente, de políticas concretas que pusieron en marcha los republicanos blasquistas, sobre todo sus innegables realizaciones urbanísticas que cambiaron la faz de la Valencia de su época. Recordemos la ejecución de edificios como el Mercado Central, la Estación del Norte, el Ensanche y el Ayuntamiento; el fomento del tránsito de viajeros desde los pueblos a la ciudad y viceversa, etc., obras públicas que estaban en el sentido del “progreso” que pretendían; pero también el fomento de la ‘cultura popular’ (entendiendo por popular en intentar llevar a las capas sociales más desfavorecidas, aquellas que Raimon llevó a la canción protesta como ‘clases subalternes’) la cultura reservada a las minorías. Los casinos se convirtieron en los centros sociales de los debates e intercambios culturales, combinando pedagogía e información política y social.
Sin embargo, el movimiento constante del personaje Blasco Ibáñez, entrando y saliendo del escenario político, inconstante y errático en ocasiones por su espíritu viajero y su alejamiento de un cierto regionalismo estrecho y pacato, le crearon enemigos y críticas tan feroces como inmerecidas, minimizando su valor como escritor. Se le criticó duramente que no escribiera en el idioma de su tierra. Fuera, en Madrid, se le consideraba cabeza de un movimiento levantino, de un supuesto “exotismo” que le alejó de reconocimientos que, sin duda, sobre todo como escritor, merecía.
El blasquismo como doctrina no logró prender en los pueblos y comarcas de las provincias valencianas, pero tuvo inmenso apoyo en la ciudad de Valencia…
El evidente gigantismo de su figura quedó oscurecido por torpes interpretaciones, por prejuicios e intereses creados por gentes que no se acercaron nunca en serio a su literatura, adoptando, sin saberlo, aquella frase de Unamuno: “Levantinos, os pierde la estética”. Tan regionalistas o tan rurales, digo, tan típicos y tópicos como Blasco ––suponiendo que hubiese sido todo eso–– fueron grandes escritores como el gallego Valle-Inclán o el vasco Pío Baroja, pero lo que en aquellos se admiró como original y novedoso, se criticó, y con saña, en el caso de en Vicent Blasco.
Muchas gracias.






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