jueves, 9 de febrero de 2017

MITOLOGIAS DEL CELULOIDE

En plena canícula (julio) de 1992, uno de esos días en los que te da por eludir la siesta, entré sin saber como en la librería París-Valencia de la calle San Fernando. Miré en una de las estanterías donde se saldaba la vieja y preciosa colección “el libro Aguilar”y adquirí el número 43.

Una vieja cámara de cine dibujada en el lomo, una hermosa foto de la Garbo con reflejo especular duplicado sobre fondo negro, dimensiones reducidas, 16:50 X 10; 193 páginas de ese tamaño y las ganas de poseer el objeto, y apreciar las reflexiones del ilustre escritor granadino que se exilio en 1939 a Buenos Aires y regresó a España en 1976 con la democracia a la vista, pero donde aún se detenía y torturaba; aún se vejaba a inconformistas y disidentes.

El contenido, como casi todo lo de Ayala, sabroso. En este caso no quiere sentar doctrina ni fingirse experto. Como buen narrador reflexiona con la frescura del diletante sobre aquel con que hoy llamamos cine clásico y se asombra del poder de sugestión y del poder social que esa sucesión de fotografías en movimiento, a buen seguro, va a alcanzar entre las nuevas generaciones.

Ayala advierte las diferencias entre la creación literaria y la cinematográfica y capta la sutil diferencia entre las películas que intentan ilustrar dignamente un buen libro y aquellas que lo utilizan para poner en marcha otras sensaciones. Una obrita deliciosa; retazos literarios del pensamiento de un estupendo escritor semiolvidado que, reconoce que “el cine como un aire yodado ha penetrado en mi piel con su influencia difusa”. La pantalla es para el un aire nuevo, fresco… Y es que Francisco Ayala aún no había tenido tiempo de cogerle miedo a las pantallas.

(20-01-2017) Un día de perros en Valencia.



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