jueves, 9 de febrero de 2017

DEFOE: MAGIA Y SUPERVIVENCIA

Siempre he pensado que partir de un mínimo conocimiento de las circunstancias vitales y sociales en las que se desarrolla o se desarrolló la vida de un escritor, es decir de eso que los historiadores llaman el contexto, puede disponerse de una pista para indagar el el proceloso mar de las intenciones de un autor cuando se trata de disfrutar de su lectura. Puede, no obstante, que no sea la mejor pista, a veces ni siquiera una pista sino una senda equivocada, aunque el conocimiento de los hechos de una época, siempre nos dejen huellas –seguro que interesantes- que nos puedan ayudar en el análisis. Lo mejor para entender o interpretar a un escritor suele ser su estilo (algo siempre peculiar), la disposición y uso que hace de las palabras para producir esa magia que llamamos literatura o narrativa -de una u otra índole- sin más.

Daniel Defoe (1632-1731) vivió a caballo entre dos siglos claves de la historia mundial. Y vivió 99 años. Es decir apuró con intensidad todas las copas de las convulsiones políticas, religiosas y económicas (por no seguir) del siglo XVII con el ascenso de su Inglaterra insular a la cima del poder mundial. La entrada del siglo XVIII no fue menos convulsa con, entre otros avatares, la inmersión del Romanticismo en la Ilustración. Claro que estos son simples trazos gruesos… Nuestro personaje sobrellevó estos tiempos turbulentos con el espíritu de un superviviente que se fue adaptando -no sin dificultades- a las diversas circunstancia y regímenes políticos desempeñando cantidad de oficios y luciendo las más diversas capacidades incluso gozando, en ocasiones, de respeto y prestigio sociales.
Una de sus más reputadas virtudes fue la redacción de todo tipo de panfletos y libelos políticos al servicio del poder. Tenía para ello, a decir de Armando Lázaro Ros (su traductor para la edición de 1976 que publicó Aguilar en su legendaria colección Crisol) la habilidad y disposición de “un periodista de nacimiento” Pronto cambió el modesto Foe de su padre, un comerciante de medio pelo, por el Defoe, un apellido más “solemne y pomposo”

Se dedicó por un tiempo, con suerte variable, a los negocios y las finanzas con cierto apoyo oficial, aunque sus mayores éxitos y beneficios los obtuvo como escritor de libelos -tanto en prosa como en verso- de propaganda oficial enalteciendo, entre otros, los proyectos del monarca Guillermo III. Condenado por difamación a la muerte de su protector, estuvo expuesto en la picota y cumplió tres años de prisión, sin perder un ápice de su popularidad. Pero tras escribir un desafiante Himno a la picota fue a parar al penal de Newgate donde conoció a auténticos delincuentes. Esta experiencia la aprovechó para volcarla literariamente en sus novelas Moll Flanders y Roxana en las que expone la dura realidad de la vida carcelaria y la “psicología criminal”. Editó en prisión su Revista, un periódico político que gozó de considerable influencia. Al salir de la cárcel puso en marcha dos periódicos más, “rudos y descarados”, ciertamente morbosos, como contrapunto a la prensa moderada y conformista de la época.

Auténtico disidente social, Defoe ejerció incluso como espía de los toryes, entonces la minoría católica o “papista”(termino despectivo de origen irlandés) y políticamente conservadora del Parlamento británico…

En 1719 apareció Robinsón Crusoe una novela prodigiosa de viajes y aventuras, donde el escritor vuelca sus amplios conocimientos sobre el temperamento inglés y su complejo de superioridad; los combates dialécticos parlamentarios y sociales con las pasiones callejeras de cariz religioso o racial, etc. Utiliza el espíritu minucioso del investigador, la curiosidad del viajero y el afán de innovación y aventura del pionero y el descubridor de nuevos mundos, poniendo su inteligencia al servicio de la supervivencia y de la vuelta a casa. Magia y despropósito, orden y concierto, al tiempo. No tienen porque estar reñidos, ser antagónicos, ¿o si? En una palabra, el universo entero a mi -a nuestro- alcance.

Leer Robinsón Crusoe hoy, concebida hace casi 300 años (298 exáctamente) como un divertimento por Defoe, es un lujo y una aventura. No puedo, por más que quiera, separarla de mis lecturas de Julio Verne, aún a sabiendas de que las diferencias son muy notables en casi todos los aspectos. Robínson tiene, sin embargo, para mí, algo del capitán Nemo, y Viernes algo del profesor Aronnax o, ¿no será al revés? Viernes , aunque caníbal y de color posee verdadera curiosidad “científica”, un afán “salvaje” por saber más y aprovechar mejor sus capacidades. Robinsón como Nemo, un tanto desengañados se saben el la cima, en el pináculo del saber, de la “civilización” y dotados de pretextos personales (cada cual el suyo) buscan afianzar su poder. Viernes y Aronnax (no sólo ellos) son testigos necesarios de las verosímiles epopeyas de sus héroes y salvadores. Son necesarios como los lectores al autor, al narrador. No existe la narración si no hay a quién trasmitirla. Definitivamente no creo en aquellos plumíferos que declaran escribir solo por satisfacción propia. En un momento determinado -cada cual escogerá el suyo-, Robinsón (Defoe) se percata de que toda aquella poderosa y fantástica tragicomedia que es aquel viaje; las aventuras y desventuras de un naufrago-en una isla-¿desierta?-hostil-y-misteriosa- etcétera; que toda la labor del explorador-descubridor-superviviente, etcétera, necesita de un publico, de un testigo, siquiera de un acólito, un esclavo, un huésped, un alumno a quién reprender, enseñar, civilizar, exonerar, perdonar, humillar, etcétera, etcétera. Y ahí está y estará -estamos- el lector, los lectores.

 













Ilustración para la edición primitiva de Gustavo Doré.




































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