viernes, 4 de marzo de 2016

El conspirador imaginario

Notas sobre El dueño del secreto (1994) una novela corta de Antonio Muñoz Molina

Mayo de 1974 en el Madrid 'rompeolas de todas las Españas' como le llamara Machado. Faltaba poco más de un año para que Francisco Franco muriera en su cama. El dictador, reducido por el parkinson, era un vejete arrugado incapaz de sostener el timón de "los destinos de España". El invicto Caudillo había creado un régimen tan dispuesto a sucederle como poco preparado para sobrevivirle a medio plazo.     

En este ambiente sofocante, pululaban -más allá de las políticas de "reconciliación" y de las plataformas convergentes-, ilusiones conspirativas y aspiraciones de grupúsculos revolucionarios dispuestos al asalto de los cielos a golpes de ideología, ora maoista o marxista-leninista; ora libertario-obrerista o situacionista, que se sentían capaces de derrotar a "aquel aburrimiento inacabable del franquismo", de aquel "miedo sin rasgos ya de martirio ni de épica", de aquel "reuma moral" (entrecomillados de Muñoz Molina). Un sueño, que al parecer de unos cuantos, parecía realizable. 

En estas, tenemos a un muchacho provinciano, un joven emprendedor cargado de sueños, estudiante (como no) de periodismo, armado con su máquina de escribir portátil (Tippa Adler) quién, según propia confesión, toma parte durante un par de semanas en una conspiración "encaminada a derribar el régimen franquista", dirgida por un general a lo Spinola (¿?) pero en español... Una conspiración dstinada a fracasar estrepitosamente.   

En esto, sospechamos que el joven provinciano podría ser el autor, convertido en el narrador, de esta breve e intensa historia nivolesca; el muchacho que se instala en una pensión barata acompañado de su amigo y paisano Ramón Tovar alias Ramonazo o Tovarich, otro joven convertido al maoismo... Poco más sabremos de los personajes; algo más  de los ambientes que nos llevarán desde la opulencia del Lhardy (donde se cocina y degusta el "mejor" cocido madrileño) hasta la cutrez de los bares de copas o lugares de alterne; desde la exquisitez del whisky de malta a lo áspero del vinazo peleón; desde la casa del misterioso abogado Ataulfo Ramiro, conspirador en grado de dirigente de una FAI que nunca sabremos si es una reminiscencia de su pasado libertario, con Durruti como emblema o, la parte visible de una nueva obediencia de metodología terrorista y modales anarco-aristocráticos.

El chico decide renunciar pronto a las "clases absurdas de Teoria de la Información o Elementos de Comunicología" y situarse al márgen de quienes "se paseaban con un libro de Umberto Eco o de Roland Barthes bajo el brazo" para conocer la más cruda de las realidades sin adulteraciones literarias e ideológicas, para concluir que todas aquellas grescas de estudiantes eran desplantes inocuos a la dictadura, tan estupidos como creer encotrar la verdad en el Libro Rojo de Mao, un catecismo tan burdo como el famoso Camino de monseñor Escrivá  de Balaguer. Una época en la que aún patrullaban los serenos por calles y portales, mientras las asambleas estudiantiles eran asaltadas a golpes de porras y cargas, a caballo, de la Policia Armada. Hasta el cielo madrileño parecía a aquella muchachada subversiva, asustatado, por los heliciopteros de la secreta.       

El lector de El dueño del secreto, participa y vive en el relato; se siente, a la vez, manipulado y protagonista; héroe y víctima de un instante que no sabe si es histórico o bufonesco; en cualquier caso una aventura un tanto fatasmagórica, casi surrealista, con el miedo por camisa pegada al cuerpo... El lector como trasunto voluntario de de un sujeto de dieciocho años, conocedor de los planes y personajes de la conspiración; dueño del secreto e incapaz al tiempo de guardarlo; débil de carácter hasta el punto de no tenerse respeto a sí mismo...


Muñoz Molina traza un relato claustrofóbico que nos mantiene en vilo para depositarnos en las páginas finales en el arcano de una vida normalizada y transparente donde nada pasa y donde nada parece haber pasado. No obstante, pervive de manera inquietante, el recuerdo de aquella imagen, la "de aquella amiga o cómplice de Ataúlfo Ramiro a la que vi desnuda durante un segundo en Madrid, hace diecinueve años..."

 

        

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