sábado, 19 de septiembre de 2015

Decálogo literario por el que leer a José Antonio Vidal Castaño. 18.06.15

Justo Serna
Por qué leer a Vidal Castaño.

En la presentación de 'Asalto al tren pagador' (Mandor, 2015) voy a dar varias razones por las que leer a Vidal Castaño. Él es historiador y es prosista, y ambas cualidades se unen maravillosamente para dar como resultado libros atractivos e inquietantes. Enumeremos una serie de cualidades para completar el retrato. Es el decálogo de mi lectura, aquello que quiero destacar.

1. Prosa, que no prosaísmo. ¿Por qué hay historiadores tan poco exigentes con su sintaxis? La prosa es construcción estética y comunicación de una experiencia propia o ajena, personal o vicaria, la prosa concisa del relato, en este caso la de Vidal Castaño, se asemeja al poema. Ciñe lo dicho, lo que puede expresarse con economía verbal y sonoridad. Puede leerse en voz alta

2. Experiencia. No es el cúmulo de los hechos que nos han sucedido, no es el dato bruto de nuestra vida. Es el conjunto de vivencias y de formación que se va sedimentando y que forma nuestro marco de referencias. En Vidal Castaño, la experiencia propia no es necesariamente autobiografía o narcisismo. Es el trasvase de lo individual a lo colectivo. La cultura es precisamente el repertorio de marcos de referencias que nos sirven para orientarnos. En los relatos de Vidal Castaño, los marcos son variados, como variados son los narradores que nos hacen partícipes de sus verdades e inexactitudes.

3. Lectura. No todo puede ser dicho como si fuera la primera vez. La lectura es una cura de humildad y su resultado es una ganancia soberbia. Lo verdaderamente importante ya está en los libros, decía William Faulkner). La lectura es establecer diálogos que nos amplían las vivencias y por tanto que nos permiten tantear lo que no hemos experimentado. De ahí la documentación. Las fuentes históricas nos rodean, todo lo material e inmaterial puede ser objeto de observación y sentido, todo se suma para crear una red de significados, significados que no son nada hasta que no los interpretamos. Con sus relatos, Vidal Castaño no hace algo sustancialmente diferente a lo que realiza como historiador.

4. Interpretación. Interpretar es colegir, es aventurar lo que un individuo o personaje hace, dice que hace o supone que hizo. Interpretar es dar con el marco referencial de los sujetos. Y nuestros antepasados son tan distintos a nosotros. El autor, que se desdobla en numerosos narradores, debe captar el sentido y las intenciones.

5. Ficción. Vidal Castaño mezcla lo que es perdón, propio, intransferible con lo que es colectivo y comparado y compartido. Fingir es hacer como sí. Es presentar como verdadero lo que meramente es verosímil. Lo verosímll es aquello que tiene rasgos de certeza, que convence, que suspende la incredulidad del lector desinteresado u hostil.

6. Realidad. Mal que nos pese, lo real es una fantasmagoría, pero con ello, con este recurso tan poco fiable, no valemos. Una mentira es intolerable. Es un fraude. En cambio, la realidad es constatable, firme, material. Pero lo real no es únicamente lo que hemos vivido. También es lo que la madre nos relata, los hechos que no hemos padecido, acontecimientos que habremos vivido, por ejemplo, por transmisión oral.

7. Imaginación. Imaginar es hallar en términos etimológico. Es encontrar: invenire. Es husmear para obtener lo que no sabíamos que sabíamos.

8. Fantasía. Fantasear es conjeturar con lo que sin ser probable, es posible. Es crear lo inverosímil o no sucedido ni imaginado. En Vidal Castaño hay páginas de tierna evocación, de esforzada fantasía.

9. Juego. Es guiñar, bromear. Es hacer explícitas las reglas para respetarlas y burlarlas. Es convertir en metarrelato lo que originariamente sólo era cuento o narración. Las figuras de los narradores, sus voces, son decisivas.

10. Memoria. Todas las historias que Vidal Castaño nos cuenta son objeto y producto de la memoria. ¿Que se entiende aquí por tal cosa? Las evocaciones particulares que forman y fijan una identidad, las rememoraciones que nos dan continuidad. Pero no recordamos individualmente, sino socialmente. Formamos comunidades que nos fijan los recuerdos, que dan forma a nuestras remembranza. Uno de los cuentos más bellos de su libro es aquel en el que recuerda una Valencia que no vivió, sino una ciudad relatada por la madre.

Y todo ello atravesado por un tono siempre tierno, de una ternura nada cursi y sí muy humana. Todo ello atravesado por un humor nada intempestivo o soberbio.



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