sábado, 22 de agosto de 2015

¿CHIRBES contra CHIRBES?

¿CHIRBES CONTRA CHIRBES?

(Una refexión)




¿Escribía Chirbes contra si mismo?

No lo sé ni lo sabremos nunca con certeza y no porque Rafael Chirbes (1949-1915) se nos haya muerto hace unos días. Ni él mismo lo sabía, pero lo hacía. Releyendo estos dias mi ejemplar (con dedicatoria del autor) de La buena letra  (Anagrama 2002), la impresión es todavía mayor. Esta novela, clave en su producción -desde mi punto de vista-, deconstruye con cierta rabia de clase, la de los supervivientes de la devastadora guerra civil (algunos han utilizado la expresión 'resentimiento creativo'), parte de la fluidez narrativa con la que elaboró La Larga Marcha publicada en 1996, un libro que con todo merecimiento Antonio Muñoz Molina calificó de extraordinario.

¿Por qué lo hacía? No dispongo de autoridad literaria ni moral para explicarlo. Pero Chirbes escribió contra La buena letra y a favor de la mala letra y miró hacia atrás con ira; mostró esta vez como ya lo hiciera en Los disparos del cazador, un discurso narrativo corto e intenso para hurgar en sentimientos y pulsiones. Mirar a través de, por y para los humillados y ofendidos.        

Nada hay de complaciente en La buena letra, novela breve, cortante, de aparente desaliño estilístico. Tal es su claridad de intenciones que no hacía falta la "nota" del autor a la primera edición del año 2000. Nota para justificar la eliminación del último capitulo por no creer el el concepto de justicia que lo fia todo al paso del tiempo. Así es como se lo cuenta Ana a su hijo en un relato sincopado rebosante de terribles historias familiares. Lo que más duele a Ana, lo que le resulta más difícil de explicar es el giro moral de su cuñado, militante de la izquierda, defensor de los pobres y las causas justas y por ello muy respetado... para acabar, sirviendo a quién fue su verdugo, llegando a ocupar -tras recorrer integro el camino de la degradación moral- un puesto notable en el régimen de los vencedores. Si. Hay resentimiento; hay conciencia de derrota; hay supervivencia y memoria dividida. He aquí el remate final:
      No podía evitar que me diesen envidia los que se fueron al principio, los que no tuvieron tiempo de ver cual iba a ser el destino de todos nosotros. Porque yo he resistido, me he cansado en la lucha, y he llegado a saber que tanto esfuerzo no ha servido para nada.

Pero todavía, en su amarga lucidez, concede un lirio (vegetal delicado y fugaz) a la esperanza, y concluye:
     Ahora, espero.
       
Chirbes, se nos ha dicho muchas veces, tiene que ver con Galdós, con Balzac y tal vez con Flaubert, pero también con Torga con Beckett, con Miguel Espinosa, con Pessoa y su eterno desasosiego, al que no soy inmune. Chirbes es escritor de geografías humanas, de interioridades al que lamentó no haber conocido de veras, más allá de dos encuentros fugaces. Chirbes, hombre introvertido y un tanto huraño (¿?), al parecer, me dejó a pié de página su correo electrónico, cosa nada habitual. Lo cierto es que no puedo recordar de que hablamos...

      

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