martes, 17 de enero de 2017

LA AVENTURA DEL FELINO DE LOS OJOS AZULES



 

La decadencia de Sherlock Holmes

Para Ricardo Cotanda.

Recordando a Enrique Jardiel Poncela



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En los numerosísimos relatos en los que he tenido oportunidad de reseñar la inigualable destreza de mi amigo y maestro de detectives, el señor Sherlock Holmes, nunca me había enfrentado a un misterio tan inextricable como el que envolvió a una familia escocesa de gran influencia política en el Reino Unido y sus colonias. Lord Allan Thatcher Poe, sobrino carnal de la reina, había desaparecido misteriosamente tras un anodino partido de tenis en Irlanda. La resolución del caso encargado extraoficialmente a Sherlock Holmes complicó la vida de una familia de gatos comunes europeos encabezada por el singular Cooper, mascota predilecta de nuestro cliente Sir Richard Cotland, que se mostró encantado de dejarnos disfrutar de las dotes investigadoras de su hermoso y sagaz felino.

El desinterés de Sherlock Holmes
Cooper se acercó con estudiada lentitud, con la majestad que otorga su apostura gatuna y golpeó con su patita derecha el dobladillo de mi pantalón a cuadros. Intenté llamar la atención de Sherlock Holmes para hacerle patente la necesidad de contar con la agilidad y el olfato de Cooper en relación con el extraño asunto irlandés que ofuscaba su privilegiada mente, pero Holmes, absorto en obtener la cuadratura de los círculos concéntricos de humo emitidos por su pipa, esperaba una señal por mi parte, no para razonar sobre el caso sino para, con una alambicada excusa, abandonar la estancia y prepararse su inyección de cocaína diluida, en esta ocasión a más del habitual siete por ciento...

Cooper se prepara
Cooper, contento con los cuidados y atenciones que yo le dispensaba en calidad de tutor provisional ¾con la consiguiente relajación de mis tareas como cronista de las deducciones del mago del Támesis¾ optimizaba sus capacidades, posando para Él con el fin de engatusarle. Pero aquella tarde, la del 7 de julio de 1899, no pude evitar perderle de vista por momentos en sus intentos de abordar, pegado al maestro, a un extraño personaje que nos giró una visita ocasional.
Un personaje intrigante y autoritario a quién jamás pude dirigirme con naturalidad. Se trataba del hermano mayor de Holmes, el autoritario Sir Mycroft, quién educado en los mejores colegios rindió una reverencia a nuestra ama de llaves que le franqueó la puerta. Pensé que la razón no estaba tanto en el gesto sino en la sorpresa, seguida de franca admiración por la belleza impactante de la señora Leigh que había sustituido, por unos días, a nuestra vieja y querida señora Hudson.
Lo cierto es que una visita de tal calibre me producía un cierto desconcierto.  ¿Cómo podía yo, Watson, un simple socio del Club Reformista, mostrar mi franqueza con las más altas personalidades del Club Diógenes de cuya ejecutiva formaba parte Sir Mycroft? Se rumoreaba que ellos, los Diógenes, eran la cobertura legal del respetado y temido British Intelligence Service. En fin, comprenderán mi apuro…
Cooper era, sin embargo, bien admitido en los salones del Diógenes, gracias a  sus impecables servicios olfativos capaces de proporcionar una pista nueva, revelar un detalle clave para resolver un crimen o detener a un traficante internacional. Sir Mycroft había descendido a visitar a su hermano para insistirle en la importancia de contar con el felino para resolver este caso en el que estaba en juego el prestigio de la propia Corona. 

No podía Cooper escapar, sin embargo, a la mordedura de la nostalgia por sus orígenes mediterráneos, enjaulado entre aquellas habitaciones de papel pintado con tonos grises acribillados de listas marrones. Aquellas estancias del 221-B de Baker Street reflejaban y trasmitían toda la humedad y tristeza londinenses. Cooper viajaba entonces con su imaginación gatuna hacia las costas de la mar Mediterránea y recordaba los juegos con su linda novia albinegra Miss Larrue, ora bajo el aplastante sol de La Malvarrosa, ora disfrutando de una enjalbegada luna en cualquier noche estival y ello sin contar con las caricias y amables sopapos que recibía de los contertulios.
Sin embargo, lo cierto es que una vez instalado en Londres, no podía quejarse. Watson le llevaba, cuando la lluvia lo permitía, al cercano y hermoso Hyde Park. Cooper disfrutaba de su rincón favorito, el speaker’ corner donde pronunció magníficas peroratas gatunas ante un publico de lo más variopinto. Y, al cabo de unos días, le aseguró que estaban a punto de entrar en acción pues el imprevisible Holmes estaba de buen humor...

¿Un tenista asesinado?
Esta vez, y a punto de iniciarse una de las mayores aventuras que he tenido la oportunidad de contarles, en las que siempre brillaba el prodigioso talento del señor Sherlock Holmes, debo reconocer que el detective no lograba acertar con el misterioso asunto del tenista asesinado en el torneo Open de Dublín, según las noticias de los diarios capitalinos. Cooper repasó el caso con Watson mientras este le proporcionaba una merienda-cena a base de alitas de pollo deshuesadas y de postre un suculento paté de sardinas.
El asunto se presentaba de esta forma.
El tenista Allan Thatcher Poe, sobrino segundo de la Reina Victoria, en posesión del titulo de Lord por su parentesco con la familia real, había resultado supuestamente asesinado tras un partido del torneo promovido por los condes de Mac Palurdo, católicos de céltico abolengo, promotores de la concordia anglo-irlandesa y del citado open tenístico, montado con esos fines.
Pese a la profundidad del misterio, Holmes carecía de buena disposición para tratar con la estirada nobleza irlandesa, nada lejana en su proceder, pese a su aparente distanciamiento, de la pomposa nobleza británica. Así fue como el genio de la deducción se dejó convencer para que el doctor reclutara a Cooper para el caso, dotado de los dones requeridos por su aristocrática apostura, y bien admitido en los salones nobiliarios.  
Para viajar a la verde Erín se había preparado un artefacto de medianas dimensiones donde el felino hizo el trayecto hasta El Gulliver, un vaporcillo que les depositaría en la luminosa capital dublinesa.

Un cadáver en la cocina
Cooper en aquel viaje no sufrió inseguridad alguna, no al menos los sobresaltos de sus viajes por las simbólico-neblinosas noches de Londres. Tampoco se limitó tan solo a olisquear y olfatear cuando Watson le liberó, llegados a la inmensa mansión de los Mac Palurdo, donde fueron recibidos por un mayordomo de simiesco aspecto. Cooper, tenso, concentrado, penetraba con su mirada cada estancia, cada pasillo, cada escalera. Con el acerado relámpago de sus inmensos ojos azules, estudiaba muebles, enseres, suelos e incluso la mantelería y las ruedecillas de los gastados y regios sillones.
Mientras el felino realizaba su inspección, Mortimer, el mayordomo, les condujo a presencia de Sir Robert Joyce, quien tras presentarse y sin mediar palabra les llevó hasta la cocina en la que, por lo que vieron, el caso dejó de ser misterioso para trocarse en tenebroso. En aquella estancia repleta de instrumentos propios de su función, con la cabeza desfigurada al haber sido introducida violentamente en el horno, yacía el cadáver de una mujer (apenas una adolescente por su peso y tamaño) cubierta con ligeras prendas de asilo.  
La poderosa máquina del pensamiento hipotético-deductivo, que era el cerebro de Holmes, se derrumbó en un sillón y no hacía otra cosa más que dar desenfrenadas chupadas a su inmensa pipa. Su ayudante, Watson, andaba como un soldado de infantería perdido ante una inminente carga de caballería. El acongojado Sir Robert, que resultó ser un vástago ilegítimo del conde de Mac Palurdo, comunicó a sus visitantes desconocer el misterio que envolvía la desaparición del señor Allan Thatcher y, ¡oh, sorpresa! la de su propio padre el Conde, así como desconocer quién podía ser era la persona asesinada en su cocina.
El papel de Sir Joyce, un tipo jorobado y mal encarado con poco más de 30 años, en todo este enredo se limitó a requerir la presencia de la policía (cosa hecha) y a entregarse a la bebida y la desesperación (cosa que estaba haciendo). Mientras tanto Mortimer servía la mesa con extrema diligencia, llenándola de manjares que no tardamos en deglutir con la unción de los habituados a una dieta baja en calorías.   
 Cooper, durante las casi dos horas en las que el detective privado y azote de Scotland Yard descabezaba un sueño en Running House, pues así se llamaba esta misteriosa mansión, adoptó todas las posturas que su hermosura gatuna le permitía, para iniciar su particular investigación. Se estiró sobre cómodas, veladores y sillones, ejercitó sus uñas en las espesas alfombras y ronroneó sin tregua, saltando y olfateando el cuerpo horrorosamente desfigurado de la joven asesinada, cuya cabeza permanecía empotrada en el horno de la cocina. El detective comenzó a despejarse cuando oyeron el ajetreo exterior que anunciaba la llegada de los agentes de la ley.
Watson, acompañado del laureado inspector Lestrade (en representación de la policía londinense) y media docena de policemen, recorrían la sombría mansión efectuando toda clase de comprobaciones, mediciones y cálculos acerca de lo ocurrido; de conjeturas sobre la autoría de aquella fechoría que, en su opinión, solo podía achacarse a un genio del crimen...

Cooper ata cabos
Una de las primeras conexiones olfativas establecidas por Cooper, tras su reconocimiento de la céltica mansión, resultaba obvia; el supuesto asesinato del malogrado tenista Allan Thatcher Poe y de la desconocida fémina encontrada en la cocina tenían una evidente relación; conjetura no demasiado brillante a la que, pese a su prolongada siesta y decadencia, habría llegado casi con toda seguridad, el virtuoso violinista aficionado y genio de la deducción, el inefable señor Holmes.
Por todo ello, la gatuna perspicacia de Cooper le llevó a anticipar rápidas conclusiones y comenzó situando con la agilidad mental propia de su especie a cada personaje en su lugar, para anticiparse a todos las instancias policiales que le rodeaban. Todo era más sencillo de lo que cabía esperar y para él ya no restaba más que atar bien los cabos y poner al doctor Watson en la pista, utilizando para ello la poderosa conexión mental que les unía. El ex médico militar, en posesión de aquellos conocimientos, sabría como usarlos para que, una vez más, Sherlock Holmes demostrase que sus brillantes deducciones eran la única garantía para luchar contra el mal, y vencer al vicio, la corrupción y el crimen.

Watson recupera el control
Cooper había llegado ¾por el momento¾ a las siguientes conclusiones que transmitió de inmediato a Watson, quién, a su vez, iba elaborando el relato que sería explicado in extremis por la lumbrera de Baker Street. Solo Cooper y Watson estaban al tanto de la decadencia extrasensorial, de la oceánica crisis de agudeza mental de Holmes. Y estas eran sus conclusiones, las de Cooper:   
  Punto uno: Si continuaba sin aparecer el cadáver del mediocre tenista tras ardua búsqueda por las mejores fuerzas policiales, la metropolitana de Dublín y el Yard londinense, que cooperaron pese al odio que se profesaban, resultaba imposible reconocer oficialmente el asesinato del estulto tenista británico por muy sobrino segundo que fuera de la soberana del Imperio. Resolver este “asesinato” se había convertido en cuestión de estado y todo lo relacionado con este supuesto delito, o delitos, era objeto de continuas apariciones en los más amarillentos rotativos del momento.
Cooper determinó, por lo tanto, que si no se disponía del cadáver del tenista lord Thatcher, no había asesinato, ni caso. Todo quedaba, en lo tocante al tenista, en una simple desaparición o, mejor dicho, dos. Sí. Dos desapariciones, puesto que el opulento conde lord William de Mac Palurdo Fitz-James (ex parlamentario retirado)  continuaba sin dar señales de vida.
Punto dos: La  joven semicarbonizada encontrada en las cocinas de Running-House era, sin duda, el cuerpo deformado y sin vida de la adolescente Pamela Mac Palurdo, hija única y heredera natural de la dinastía gaélica, poseedora de la mansión desde la que narramos los hechos, amén de miles de hectáreas de fincas rústicas y bienes inmuebles, etc., extendidos por toda Irlanda. Cooper estaba convencido de ello, pese a que las inspecciones oculares realizadas por ojos expertos sobre el cuerpo y las ropas de la finada, sugerían más bien lo contario. Lo que quedaba de su vestimenta ¾un viejo camisón de dormir pre-victoriano y unas clásicas zapatillas con lacitos de la misma época¾ revelaba bien poco acerca de lo sucedido.

El misterio al desnudo
Punto tres: Los acontecimientos, según Cooper, habían evolucionado así. La hermosa princesita Mac Palurdo se enamoró del joven Thatcher, al verlo maniobrar sobre el verde tapiz del club de tenis anexo a la mansión familiar. Lo que sedujo a la angelical Pam no era el torpe y enmarañado juego de Allan Thatcher sino su imberbe y granujienta apostura. Pese a su mal juego, que le llevó a perder frente al fronterizo hermanastro de la Mac Palurdo, por un triple 6-0, Allan llamó la atención de la hermosa beba, muy sensible a la gazmoñería masculina.
Quince minutos después de finalizado el match, y mientras el perdedor intentaba ducharse, Pamela se introdujo subrepticiamente en el vestuario y le ofreció todo su diabólico y escultórico poderío carnal en un frenético estriptis. Cooper, al hacer esta conjetura, quedó sobrecogido y le costó encontrar la forma para trasmitirlo a Watson…
Allan cayó de rodillas y todo su cuerpo se tensó como un arco; entre sorprendido y exultante lamió una y otra vez el jugoso himen de la jovencita. La virginal boquita de Pamie tomó el relevo y recorrió las terminaciones nerviosas de un miembro, tal vez poco extenso, pero sí bien erecto.
Cooper introdujo, en este punto, sus observaciones sobre el origen escocés del apellido de aquella belleza irlandesa (que no venía al caso, pero sí al cuento) sin omitir  detalle alguno de la escabrosa escena protagonizada por Pamela y Allan, en su frenesí sexual. Cooper demostró, como fruto de sus investigaciones posteriores sobre la sexualidad de la joven, que desde su más tierna infancia fue objeto de rumores sobre inadecuados tocamientos y prácticas sexuales indebidas basadas en ritos medievales, siempre bajo el signo de la cruz latina, a los que fue iniciada por su institutriz, una vieja y libidinosa dama española con fama de hechicera.

Y cual terrible huracán…
 Punto cuatro: El banquete sexual, fue sorprendido por el siniestro e inflexible conde Mac Palurdo acompañado por dos de sus eunucos. El noble no vaciló en tomarse la justicia por su mano. Fría, pero metódicamente ¾mientras en los jardines se celebrara la gala por aquel insípido Open¾ golpeó con su propia raqueta el rostro de Allan hasta dejarlo irreconocible. Terminado su trabajo, ordenó a sus secuaces cercenarle el cipote, a cuchillo. Contenida la hemorragia y cosida la herida, los servidores sacaron con sigilo al joven británico de la mansión con órdenes de deportarlo de por vida a las Islas Vírgenes. Para su Pamie, su heredera, su vida, la niña de sus ojos, ideó la más horrorosa de las muertes, la que ya conocemos, no sin antes haberla poseído ¾en cumplimiento de un viejo rito diabólico¾ separando sus hermosas nalgas y hundiendo su virilidad ¾no sin sobrehumano esfuerzo y con ayuda¾ hasta lo más profundo de su virginal ano.
Esta última conclusión aclaraba completamente el misterio de la desaparición y posterior suicidio del infame Conde aunque preocupó, y mucho, a Watson, pues no encontró la manera de explicar de manera coherente al felino, aunque fuese el más inteligente y hermoso ¾como lo era Cooper¾, lo que los humanos entendían por incesto.

Sherlock Holmes comenta y examina
Tras reunirse en cumbre secreta con el doctor Watson, médico y detective decidieron ignorar a partir de aquel momento la participación y aportaciones del gato Cooper en la resolución del misterio por razones obvias. Acordaron que tan solo sería mencionado su nombre en la versión literaria que redactaría Watson y que todos los públicos del mundo celebrarían, como ya era habitual, considerando la intervención del felino como la más hermosa y ocurrente licencia poética. La solución final sería explicada a toda la prensa y las partes implicadas de forma rutinaria por el tándem liderado por el detective.
La policía tardó, como de costumbre, en asimilar los extremos de un caso tan complicado. El inspector Lestrade, entrevistado a la sazón por El Times, sostuvo durante algún tiempo ¾todo el que pasó en aquella comisaria dublinesa¾ que el asesino y cerebro de tan macabros delitos había sido el lunático Sir Robert Joyce impulsado por la necesidad de hacerse con la heredad y todos los bienes de su desventurada familia. Abandonada la hipótesis por el juez de instrucción, el propio Holmes, dando muestras de su incapacidad creciente pretendió ver en el rufianesco aspecto del mayordomo Mortimer, la huella familiar del crimen. Se pasó semanas encerrado en la Biblioteca del Museo Británico consultando la mejor Enciclopedia del mundo (la Británica, naturalmente) en busca de indicios para relacionar al sirviente con su rival de siempre, el implacable profesor Moriarty. Solo pudo encontrar esa identificación en las tres primeras letras de los apellidos. Claro que la te y la i (latina) o la y (griega) coincidían cambiadas, pero… sin duda, la a… bueno, la a, daba al traste con aquella excentricidad.          
Cooper utilizó su tiempo, mientras tomaba cuerpo lo que sería la versión oficial,  en afilarse las uñas en el felpudo del acogedor saloncito ronroneando de placer, soñando con una rápida y venturosa vuelta a casa, para disfrutar de nuevo de la compañía de Sir Richard.

The End



Nota del autor: este relato es, provisionalmente, el primero de un nuevo libro acerca del controvertido personaje de Sherlock Holmes, sobre el que trabajo desde hace algún tiempo y que nos llevará desde la más absoluta decadencia física y mental de este sin par detective hasta las más truculentas y disparatadas historias protagonizadas por él a partir de su nuevo status como ser inmortal.

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