jueves, 18 de septiembre de 2014

Gaza

Cuatro letras, las dos vocales más sufridas y dos consonantes separadas por muchas letras en el abecedario. Cuatro letras para una palabra que contiene todo un mundo que puede resumirse en otras tres palabras: barbarie, humillación, terror. Cuatro letras que como el primero de los párrafos de una buena novela (siguiendo al inmortal Gabo) deben contener la narración entera y vaya si la contienen. Cuatro letras y una palabra para evocar tierras lejanas por la geografía, ciertamente, pero cercanas por nuestra humana-inhumana capacidad de percibir el horror.


Gaza la de las cuatro letras, Gaza la de los bombardeos y los terribles “efectos colaterales”. Gaza imaginario de una guerra sin fin, parábola continua de ese infierno en el que nos resistimos a creer, pero que anida en nuestras propias entrañas. Gaza la palabra “de moda” que en este largo, enfebrecido y sangriento verano que tenemos en la boca y en la mente. Gaza, la palabra que hemos hecho nuestra a fuerza de leerla y oírla y que sin embargo, tal vez por la fuerza de la costumbre (el mal es banal como dijo Anna Harendt), nos parece cada día mas surreal. No acabamos de creer que quienes sufrieron el martirio del Holocausto, los judíos (palestinos en origen) sean incapaces de convivir en paz con otros palestinos que nunca les persiguieron, y cuyo crimen es haber nacido y vivido durante generaciones en la mismo tierra originaria…


El rojo de la sangre de Gaza, el de Palestina entera, es el mismo rojo que tiñe el inacabable conflicto de Siria y el de Afganistán, el rebrote de guerra en Irak, la permanente inestabilidad de Irán o la extraña guerra de Ucrania. Siempre el rojo de la sangre derramada por unos u otros, y donde, siempre, la gente que más sufre, peor come y soporta la miseria son los niños y las mujeres; los ancianos, enfermos y tullidos. Pero todo no es miseria, vergüenza, humillación. Hace poco veíamos fotos de una mujeres israelíes que llevaron a mujeres y niños de Gaza a bañarse junto con ellas al mar. Caras de felicidad y gozo supremo, sorpresa, risas y lágrimas..


¿Hasta cuando pues Gaza y Palestina? ¿Qué huerto quieres, Señor, abonar con nuestra podredumbre? se preguntaba Dámaso Alonso, el poeta de la generación del 27 en 1944, ante la miserable postración de su patria. Es la misma pregunta que nos hacemos ante la insoportable tragedia de Gaza. 

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