jueves, 7 de agosto de 2014

Sobre Jordi Pujol








 Nunca llegué a conocer personalmente a En Jordi Pujol. Lo lamenté pues, en aquellos tiempos de la transición, a mediados de los setenta del pasado siglo, todo el mundo hablaba de él; tanto o más que cuando fue la friolera de 23 años President de Cataluña o que ahora, cuando es el ángel caído y el brazo “supuestamente” corrupto del catalanismo. Amigos y parientes que le conocían me lo presentaban siempre como un héroe. Era la gran esperanza blanca, el gran empresario, el padre ejemplar y esposo fiel, el patriota sin tacha que había luchado contra el franquismo, que había pisado la cárcel por defender los intereses y valores de la Cataluña moderna, celosa de su autonomía (entonces no se hablaba de independencia), orgullosa de su lengua y de sus tradiciones. Pude comprobar que al menos una parte de esta historia, convertida en panegírico y leyenda, había logrado imponerse cuando ocupé, junto a otros detenidos, una celda de la 4ª galería de la cárcel Modelo de Barcelona. ¡Que suerte!, a ustedes, les han distinguido, nos aseguró el “boqueras” (funcionario en argot carcelario), al darles, la misma celda que a En Jordi Pujol. Corría el verano de 1976 y la policía (poco adaptada a usos democráticos) tenía cuentas pendientes contra quienes habíamos luchado por la democracia.


Más acá de esta anécdota, Jordi Pujol, Don Jordi, era todo un personaje para las buenas gentes, un “monstruo” que amén de su doctorado en medicina y sus prácticas innovadoras que le condujeron a concretar la fórmula de la pomada antibiótica Neobacitrín, se había convertido en empresario al comercializarla y más tarde en banquero, árbitro y señor de Catalunya. Un empresario dotado de un nuevo estilo: això toca, això no toca. Políglota, conciliador cuando tocaba, ariete anti-centralismo de Madrid cuando tocaba y cuando no; un tocapelotas (ustedes perdonen la expresión) tan admirado y jaleado por los “suyos” como temido y abucheado por los “otros”. Tanto es así que el franquismo lo convirtió en un enemigo de órdago. En 1960 fue detenido, torturado (según propia confesión) y condenado a 7 años de cárcel, de los que cumplió dos (tal vez en la celda citada) y una pena de confinamiento en Girona. En Pujol con sus inmensas cejas blancas, con una boca y unos gestos dignos del mejor payaso circense, creó y representó a las mil maravillas un personaje a su medida, siendo a la vez, juez y parte, amigo y enemigo, padre y maestro. Cuando convenía (¿?) soltaba (en catalán) aquello de: Ni Francia, ni España: Cataluña. Su Cataluña soñada era una quimera casi tan sólida como la realidad llamada hoy independentismo o “tentación soberanista”. Ni era aquello, ni esto otro, porque lo que en el fondo importaba a Don Jordi, hoy lo sabemos, era “la pela” que circulaba a raudales entre los pasillos de la progresía antifranquista, pasando por los salones de la Generalitat y los bancos parlamentarios de una circunspecta CIU, hasta aterrizar en los caladeros de insospechados paraísos fiscales. La soberana candidez de los patriotas es tanta que, a buen seguro, les costará imaginar a don Jordi huyendo con un maletín repleto de buenas y suculentas razones monetarias de su amada Cataluña. Por eso el político catalán por antonomasia de la transición española a la democracia, que hasta hace poco impartía lecciones incluso desde sus Memorias, se limitará, supongo, a intentar salir de este quilombo lo menos indecorosamente posible. Una de las preguntas con respuesta presentida sigue siendo: ¿Por qué el “destape” se produce precisamente ahora? Y, tal vez su corolario: ¿Será capaz don Jordi, de salir con bien, una vez más, del atolladero?

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