martes, 2 de mayo de 2017

¿ES LA LENGUA FASCISTA?


La lengua, si nos referimos a esa víscera que usamos –pongamos por caso–  en plan  reptilesco, resulta dudoso que sea fascista o sintoista. Lo más probable es que carezca de ideología. Otra cosa es si nos referimos a la lengua como disciplina intelectual (parece que es el caso), sea esta el origen o la parte o el todo de ese artefacto que llamamos lenguaje, entonces, amigos, sÍ puede, sin duda, ser fascista y, por ende, incluso terrorista...

Lo mismo que no debemos de tomar el rábano por las hojas, pues nos arriesgamos a perderlo, tampoco deberíamos concluir sobre la bondad o el interés de un libro por su título que después de todo no deja de ser una parte esencial de los "paratextos", esas frases o enunciados usados como reclamos publicitarios, destinados a posibles compradores y potenciales lectores. 

Un prólogo, sin embargo, tiene como función no solo llamar la atención del lector, sino que puede servir de guía u orientación al mismo, al establecer una valoración adecuada para una publicación como "La lengua es fascista" de Justo Serna y Juan Calabuig, editado por Huerga-Fierro. Caso aplicable a Ramón de España, que la califica como de "brillante artefacto" y debo decir que estoy de acuerdo con esta apreciación. Y como "la vida es sueño", y el "amor es extraño" concluye el prologuista que se trata de un producto "tan insólito como disfrutable". 


 Desde luego insólito sí lo es atendiendo a su contenido, e incluso a otras –aparentemente nimias– circunstancias como su propia concepción, a cuatro manos y dos mentalidades; a la resolución de sus escenas, enmarcadas por numerosas ilustraciones... Disfrutable, lo será en la medida que el consumidor tenga sus células grises dispuestas a gozar de la letra y la imagen impresas sin prejuicio alguno. Y así lo he leido y gozado, porque entiendo que se lee bien y que su estructura predispone al lector para interrumpir la lectura sin sentir aquello de que hacerlo es pecado contra la obra o sus autores. Puede, por ello, recomenzarse la lectura en cualquier momento y en el punto que la dejamos, o no. Es un libro sin principio y sin final. Una autopista o un tunel sin advertencias ni peajes... Nada hay que nos obligue o que nos oprima en la lectura, y esto, amigos, son virtudes y no pequeñas...

He de reconocer, no obstante, que en aquellos capítulos o pasajes en los que se hace medianamente necesaria la posesión de una cultura musical, me he perdido. Pero la culpa es exclusivamente mía. Siempre adolecí de la suficiente cultura musical contemporánea. Es una falla (patrimonio desde luego inmaterial) tanto del sistema con el que fui des-educado como de mi propia indolencia para transgredir y vilipendiar (tal vez no debía llegar a tanto) esa tontez de la música culta; bueno, y del jazz (negro o blanco), y de la canción; y de los aires latinos, y del blues, y del country..., de qué se yo... No. No asimilé bien el legado de los Beatles, de los Rollings... Tal vez fui un joven demasiado europeo tonto y politizado (esto viene a ser lo mismo que lo primero) en el momento inadecuado cuando todos querían ser "jóvenes americanos", bailar el rock y beber cervezas o tomar coca durante toda la noche y parte del día siguiente...

El artefacto, por extraño que parezca, funciona, incluso desde mi incultura musical. Y me han gustado especialmente los capítulos XIV y XVI. Léanlo.

©joseantoniovidalcastaño, 1, mayo, 2017.    

       

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