martes, 22 de diciembre de 2015

El guiño



Y la mujer guiñó el ojo
para distinguir
lo prosaico, lo verdaderamente útil
de la inútil belleza
de los azules y de los marrones suaves.


Y se detuvo en el dorado imperdible
y la acerada aguja enhebrada
con la oscura línea roja...
 

Y por un momento,
se sintió culpable y maléfica,
poseída por la ganas de atravesar
con su aguja
los colores de Matisse.
 

No pudo hacerlo,
no pudo porque ella era
por toda la eternidad una mujer de Matisse
y no una de tantas
sino la única,
la que se atrevió
a embadurnar con la sangre del maestro
broche, sombrero,
ceñidor, escote y vestido.


Y el azul se trocó en morado
y lo útil en inútil y por lo tanto en bello.


















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