miércoles, 25 de enero de 2012

Una reflexión más.

Realidad y deseo de la Republica
José Antonio Vidal Castaño

En 1936, Luis Cernuda, joven poeta de convicciones republicanas publicó una primera edición de su obra bajo el título de La realidad y el deseo. Sugerente título para expresar la contradicción entre hechos o acontecimientos y sueños, causantes, estos últimos, de la nostalgia del pasado que en ocasiones conturba el ánimo de los humanos. Palabras que usaré para referirme al sentimiento republicano, que continua vivo 77 años después la proclamación de la II República; nostalgia concreta o difusa, que puede enunciase como la realidad y el deseo de la República. Alejada la realidad republicana de las actual realidad política, sus defensores, entre los que me cuento, siguen pensándola -no es mi caso-, en términos y parámetros similares a los que configuraron la Segunda Republica española (1931-1939) para referirse a la que sería cronológicamente, la Tercera, cuando es evidente que ya nada es igual como entones. ¿Por qué esa persistencia? Una pregunta que toca responder a cada uno de los que se consideran republicanos. Por mi parte, recordaré algunas circunstancias…

El comienzo de la cuenta atrás para la Segunda Republica, que naciera de manera un tanto improvisada, se inició en julio de 1936 y su extinción se consumó (solo habían pasado 8 años desde su proclamación) el primero de abril de 1939. De esto hace, nada menos, que 69 años. Y eso es… mucho tiempo. La Segunda República (nadie que conozca recuerda la Primera, cuya gestación y caída tanto pueden enseñarnos) sigue siendo, no solo un referente justo y hermoso, sino -y esto me parece parte del problema- el único a la hora de vindicar la restauración de la República. Un tanto sorprendente, habida cuenta las distintas concepciones que sobre aquella sustentaban las diversas fuerzas políticas y sindicales… En estas la historia, que hinca sus raíces en el pasado, es tan solo “madre de la verdad” (Cervantes dixit) cuando nos sirve para entender el presente, y sólo a través de su interpretación deberíamos atrevernos a formular una “advertencia para lo porvenir” (de nuevo Cervantes). Por consiguiente es lícito y necesario mirar atrás, a ese pasado republicano, que tantas veces invocamos de manera formal o rutinaria para sacar a relucir páginas brillantes en las que apoyar valores democráticos o avales de ciudadanía. Pero no debe hacerse ocultando aspectos menos edificantes que también habitan en la realidad de la trastienda republicana, recuerdos incómodos o violentos, que pueden considerarse políticamente incorrectos. Hurgar una y otra vez en las entrañas de ese pasado de los años treinta, más esquivo y poliédrico de lo que quisiéramos, se hace necesario para redimensionar el deseo de la República, para extraer las razones que nos permitan entender porque aquella experiencia (la de los años treinta) es ciertamente irrepetible. Esa es nuestra realidad a la que conviene mirar de frente.
Pero también sabemos que el hecho de rumiar la hipotética vuelta de la República aunque no se argumenten razones y utilidades políticas y sociales, aunque no se trabaje en el diseño de su edificio, sigue alimentando el deseo de disfrutarla. A buen hambre no hay pan duro. Y el hambre de la Republica perdura porque permanecen vivos el mito y la memoria de sus vicisitudes; una literatura favorable (‘más en mi abono’) y otra en contra (‘estamos en lo de siempre’) sin apenas conocimiento de visiones criticas pertinentes, sobre aquel período ardorosamente democrático. Recuperar los recuerdos y trasmitirlos parece imprescindible, pero también es palmario que no será la nostalgia tocada de romanticismo la que nos devolverá la República. Hay que entender, de una vez por todas, que el pasado puede ser glorioso pero también perverso. Asumir ese patrimonio, común a todas las memorias, debe servir para abordar el deseo de la República desde el horizonte de la realidad política actual. En una reciente entrevista el escritor valenciano Rafael Chirbes, se manifiesta en contra de la moda actual de narrar la historia inmediata ⎯incluyo aquí: República, guerra civil y posguerra⎯ de forma maniquea. “La literatura de los buenos sentimientos ⎯sostiene⎯ es el opio de la izquierda (…) Hay que decirlo todo”, concluye, y cuenta como ejemplo el de un anarquista de su pueblo que le tocaba el culo a las mujeres para dejarlas entrar a las reuniones…
Josep Fontana, uno de los grandes historiadores que más certeramente ha juzgado el período republicano considera “la historia de la Segunda Republica como la historia de una esperanza frustrada”. En una de sus intervenciones recogidas en las Actas del congreso Valencia Capital de la República, (Alfons el Magnànim, 1986) pone en entredicho las tópicas interpretaciones mantenidas desde buena parte de la izquierda acerca del colapso republicano. “La Republica fue mucho más el objeto que el sujeto de la crisis” (…) “En su intento por resolverla se dejó la vida”. Defiende la amplitud de reformas que se propusieron sus gobernantes y en especial el presidente Azaña, invitando a la lectura de sus textos. Por ejemplo: “La explotación lucrativa en las grandes propiedades rurales (…) con jornales mínimos y el paro (…) durante cuatro o cinco meses al año”, hacía “necesaria la reforma agraria”, pero, pese a no tener “nada de revolucionaria y ser muy limitada”, fue combatida con temible encono por latifundistas y partidos de la derecha y extrema derecha, y boicoteada por anarquistas y comunistas que la tildaron de “burguesa e insuficiente”. Como alternativa ofertaban proyectos de socialización y colectivización, avisando que si no eran adoptados “se resistirían a la fuerza armada, aceptando colisiones con ellas”. La demagogia era un arma usual. Pero nadie estaba libre de pecado, pues, el propio Azaña, ejemplo sin duda de honradez política, no rehuyó el utilizar la demagogia como recurso, aunque fuera de manera retórica y ocasional. Veamos, por ejemplo: “Todas las disertaciones jurídicas y todos los textos (…) os los regalo por (…) trescientos diputados (…) que estén dispuestos a fulminar el rayo de la cólera popular sobre los culpables de la tiranía” (fragmento de un mitin republicano en la Plaza de toros de Valencia, en junio de 1931). El orador que le acompañaba en la tribuna era Alejandro Lerroux, todo un experto en demagogia política.
14 abril 2008.
Nota: Va para cinco años y sin embargo, creo, no ha perdido actualidad.

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