martes, 24 de noviembre de 2015

El 20 N de 1975, por el autor


El día que murió Franco
por José Antonio Vidal Castaño

El País, diario del que sigo siendo lector y suscriptor pese a su perseverante evolución hacia el conservadurismo, ha preguntado en el 20 N, a una serie de gentes ilustradas y de éxito en sus profesiones, que hicieron en aquel día de la muerte del dictador Franco. Esta es mi respuesta, consciente de que no soy persona de éxito, ni joven como los que responden aunque si relativamente ilustrada, y que he transitado y sigo haciéndolo por una controvertida peripecia vital que puede no les interese, pero por aquello de dejar testimonio, ahí va mi reflexión.

¿Qué hacía yo aquel 20 de noviembre de 1975?

Estaba en París tomando parte en una masiva manifestación que se organizó en la capital de Francia al conocerse la noticia de la muerte del dictador. La manifestación estaba organizada por diversos partidos políticos de la izquierda francesa y miles de ‘refugiados políticos’ españoles que militábamos en diversos partidos desde anarquistas y republicanos o liberales, hasta los elemento más radicales de la llamada por el régimen franquista “extrema izquierda”. Yo, me encontraba entre estos últimos, en un partido escindido del PCE, de corte marxista-leninista que era más conocido en España por la policía con el nombre de su organización “de masas”, El FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota). A la sazón tenía 33 años -la edad de Cristo- tenía con Pilar, mi mujer y también militante, dos hijos pequeños, y había escapado (estaba en “búsqueda y captura”) a la persecución de la policía franquista pasando la frontera francesa meses atrás.
Todo esto quizá pueda parecer tremendo, pero la realidad es que yo no era más que un profesor de Enseñanza Primaria que llevaba -como otros españoles en aquel tiempo- una doble vida. Ejercía con toda la dignidad del mundo la enseñanza (era hijo de maestro nacional depurado por haber sido oficial del Ejército Popular de la República) como profesor de Geografía e Historia y director del Colegio Público Virgen del Carmen de La Eliana (Valencia) donde era muy apreciado por mis alumnos, por sus familias e incluso por las autoridades que me pedían consejo y procuraban mi amistad. Al tiempo, militaba en el antifranquismo desde mis tiempos de estudiante universitario, aunque tuve que dejar mis estudios a los dos años de iniciar la carrera de Filosofía y Letras para ganarme la vida y mantener a mi joven familia. Y militaba en una organización de “vanguardia” que criticaba al PCE de conservador y revisionista. Creía entonces, firmemente en las posibilidades de un cambio total en la vida política y social de España, y que éramos esos jóvenes revolucionarios quienes íbamos a desbrozar ese camino. Pero la represión policial y nuestros propios errores e inexperiencia políticos truncaron muy pronto esos sueños y casi sin darnos cuenta nos vimos en el exilio, en las cárceles y con un porvenir política y socialmente  adverso, con unos sueños y vidas personales truncados.
Por eso estaba en París en los momentos que murió el dictador y si, creía que las cosas iban a cambiar y estaba convencido de estar en el lado correcto, el llamado a intervenir activamente en aquellos cambios. Pero no fue así.
Hubo gente, antiguos camaradas que les fue difícil asimilar tanta desilusión y que no serían capaces de superar del todo aquel trauma político ni adaptarse al necesario cambio de rumbo que ya estaba en el ambiente, el que suponía una transición democrática pactada, y lo que es más, coronada. La vida cotidiana a la contra de sus deseos frustrados invitaban a una supervivencia rutinaria y cargada de resentimiento.    
No fue mi caso. Procuré, sin renunciar a mi pensamiento básico, adaptarme al imparable cambio social como nuevo eje vital; reajusté y reformulé mis prioridades con el fin de continuar luchando por mejorar una  democracia que ya no era solo posible, sino una realidad en marcha. Las dificultades fueron muchas y no pequeñas pero no les aburriré con los avatares sufridos. Poco a poco se fue rehaciendo mi vida profesional y personal. Tras tiempos de penurias y amargura, trabajé por unos tiempo en las instituciones (con buenas y malas experiencias) para volver a la enseñanza empezando otra vez desde cero, y en cuanto pude, a trancas y barrancas, volví a unas de las cosas que más amaba: a los libros, a reemprender (con evidente retraso respecto a las gentes de mi generación) los estudios hasta completar mi licenciatura en Filosofía y Ciencias de la Educación y  obtener plaza por oposición al cuerpo de profesores de Enseñanza Media y pude dar clases a los últimos cursos del bachillerato en diversos institutos, explicando (yo si lo hice) lo que había sido la guerra civil y lo que fue y era todavía el franquismo, el sociológico y el que había mostrado su cara más cruda, pues sobre ambos tenía experiencias y conocimientos que trasmitir, lo que me produjo satisfacciones y disgustos. Pero me gustaba investigar y volví a los estudios para doctorarme, tras algunas vacilaciones en Historia Contemporánea de España, leyendo mi tesis doctoral en la Universidad de Valencia en el año 2012, cuando había cumplido los 71 años de edad.
Pero esto no fue más que un comienzo, o mejor, un impulso para retomar mis antiguos sueños de escritor amante de la historia y de la literatura, entroncando con mis incursiones periodísticas en los años de la transición y mis primeras narraciones de lo años ochenta. Y desde entonces he escrito y publicado 6 libros y he colaborado en más de 10, amen de otros trabajos: pequeños ensayos, artículos de todo tipo, columnas de prensa, poemas…
Aquí estoy de nuevo. Incapaz de sentir resentimiento he sido, sin embargo, presa -a veces- de la impaciencia o el desencanto, y, si, he cometido errores (a veces grandes) en mis relaciones con personas y colectivos, pero he mostrado siempre, creo, capacidad de rectificación y de superación de esas apreciaciones. Me he hecho mayor, casi sin darme cuenta y por supuesto, sin desearlo. A mi juicio, estoy más en la edad de recibir satisfacciones que humillaciones o negativas, pero la vida, como los resultados de los partidos de futbol, no fue, ni lo es, siempre justa. Puede que el poso del franquismo, al que tanto combatí y del timorato reformismo e incluso del estalinismo rampante que llegué a conocer y rechazar, terminen cobrándose su libra de carne (de literatura histórica en mi caso) como le ocurrió al mercader de Venecia, y perdonen la comparativa con el personaje de Shakespeare, pero no se me ocurre otra, para poner un precio por mis traiciones a las ortodoxias y dogmatismos, por mi rechazo al gregarismo y por mi defensa, a veces solapada o un tanto timorata de mis rebeldías. 
(21-IX-2015)     
            

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