domingo, 17 de noviembre de 2013

1937. Benicàssim, hospital y refugio de héroes



Las Brigadas entran en guerra
 
En diciembre de 1936 el gobierno republicano decidió ubicar en Benicàssim (Castellón) un hospital para atender a brigadistas internacionales y milicianos que combatían en los frentes de Madrid y Teruel. Una brutal guerra civil asolaba, desde julio de 1936, a una ‘España partida en dos’[1]. De una parte los militares rebeldes con armamento moderno y apoyos internacionales, de otra, las clases subalternas leales a la Segunda República, tratando de defenderse lo mejor posible.

En la desesperada defensa de Madrid, bombardeada por la Legión Cóndor, en los momentos agónicos de la ofensiva franquista lanzada el 7 de noviembre de 1936, como un milagro de primavera en pleno otoño, se produjo el desfile, por la calles de la capital asediada, de unos soldados que sabían marcar el paso, que iban más o menos bien uniformados y que se protegían la cabeza con un casco de acero. Rosas rojas coronan los improvisados búcaros sin agua de sus fusiles. Es el 8 de noviembre. Son algunas unidades de las Brigadas Internacionales, en concreto, el batallón Thaelmann  formado en su mayoría por comunistas alemanes “que ¾como muchos de los brigadistas¾ habían venido a luchar contra el fascismo”.[2] Los defensores de Madrid experimentan un subidón moral.[3] Al día siguiente los “internacionales” sufren su bautismo de fuego en la Casa de Campo, taponando con su sangre la brecha abierta por los “moros” a escasos metros de la ciudad universitaria. Días después se lucha a muerte en aquel recinto y las Brigadas Internacionales pasan a formar parte no sólo de la histórica defensa de Madrid, sino también de su leyenda.

Una leyenda, la de los brigadistas, que se amplió tras el Jarama, Guadalajara o Brunete... para llegar al frío y el barro de Teruel en diciembre de 1937, donde el Ejército Popular de la República fue históricamente brillante vencedor primero, y poco después, vencido. El sacrificio de los brigadistas, una vez más, heroico. Una iniciativa militar abortada por tormentas de nieve y por la superioridad aérea del enemigo. El dominio del cielo imponía ya la suerte de la batallas libradas a ras de suelo. Eso y la propia desorganización. Algo que comenzó muy bien y acabó mal… El ejército “nacional” con abundantes tropas de refresco, controló la capital aragonesa, al iniciarse el año 1938.

En este contexto de muerte y derrota [no merecida] surgió la necesidad para el mando de disponer de un refugio donde restañar heridas y acumular fuerzas. Idea motriz que llevó a la búsqueda de un lugar soleado y tranquilo donde establecer un hospital que no fuese de urgencias, para atender a combatientes de primera línea, y en particular a los brigadistas, para que estos recibiesen toda la atención médica y el descanso necesario, un apoyo fraternal equiparable a la solidaridad derramada en el campo de batalla.

Más que un hospital, lo que llegó a funcionar en la playa de Benicássim fue todo un complejo hospitalario que se estableció en Las Villas, (chalets de factura modernista adosados a lo largo del paseo marítimo), y el hotel Voramar, sin más límites visuales que la arena de la playa y el suave oleaje de una mar infinita. Un paisaje, tal vez demasiado amable ¾para albergar retazos de vidas trágicas¾ salpicado de palmeras y pequeños roquedales que aparecen o se ocultan a capricho de las mareas.



Hotel Voramar. Una enfermera atiende a los heridos en una de las terraza.

El complejo sanitario alcanzó su máxima ocupación a partir de mayo de 1937, cubriendo una doble función: prestar atención medico-hospitalaria, y ejercer como casa de reposo. Sin embargo, y pese a su intensa labor y eficacia probadas, fue evacuado, por fuerza mayor, en mayo de 1938. Toda su historia, pues, la de Benicàssim y los brigadistas se encierra en el plazo aproximado de un año, en el que fueron atendidos cerca de 7000 heridos, en los dos aspectos señalados. Un año prodigioso para los que lo vivieron y para quienes se ha asomado, nos hemos asomado, a los avatares que en su contexto se produjeron.    

Las razones del emplazamiento en este sugestivo rincón mediterráneo, parecen obvias. Benicàssim, reunía “excelentes y sanas condiciones de clima y lugar” como querían los representantes de la sanidad militar. Tenía buenas vías de comunicación con Valencia (entonces capital de la República) y otras poblaciones a las que estaba unida por una carretera nacional y, además, contaba con un importante apeadero del ferrocarril Valencia-Barcelona.

De la organización y dirección de la residencia o complejo hospitalario se encargaron, en principio, el doctor Dumont, que ocuparía la dirección del hospital, y el jefe político de las Brigadas Internacionales, el comunista André Marty.[4] Villa Pilar, segregada un tanto del resto, con un bello minarete, hizo de archivo general del complejo, siendo rebautizada como General Miaja… El hotel Voramar (bautizado como Villa Frente Popular) fue el principal recinto hospitalario, contando con un quirófano, al cuidado del cirujano checo Bedrich Kiss, y varios facultativos de diversas nacionalidades. Se aplicaron sobre la piel y huesos de los pacientes, tratamientos innovadores para heridas de bala.[5]



Fachada trasera del hotel Voramar con su denominación de guerra.

Las razones de su clausura parecen derivarse del avance de las tropas franquistas hacia Vinaròs, localidad ya muy próxima a Benicàssim. El mando republicano, como medida de precaución, optó por la evacuación del complejo hospitalario, trasladando heridos y enfermos a otros pueblos cercanos a Valencia o en la propia capital del Turia.[6]

Como anécdota interesante de la inquietud que el avance enemigo producía empezó a tomar cuerpo, entre los brigadistas hospitalizados, un cierto temor y algunos recelos. Un brigadista estadounidense interrumpió un mitin (meeting) donde intervenían tres senadores del Partido Demócrata de los EE. UU. que trataban de ensalzar el valor y la heroicidad de los brigadistas, diciéndoles: “Menos heroísmo y más evacuación, antes de que Franco nos tire a todos al mar”.[7]

La llegada a Benicàssim, alejada de la brutal agitación de la guerra, de los combatientes heridos de las Brigadas, gentes de casi todas las nacionalidades, etnias y colores, atrajo irresistiblemente la atención de buena parte de sus ensimismados ciudadanos. No sólo llegaron los brigadistas con algunos de sus jefes y oficiales, sino que lo hicieron además varios de los más prestigiosos escritores y periodistas del momento ¾hombres y mujeres¾, extranjeros también, ávidos de sensación nuevas, tal vez de noticias insólitas, atraídos por la belleza del lugar y las costumbres premodernas de sus habitantes. En otros artículos me he ocupado de estos mediáticos personajes: Ernest Hemingway y Martha Gelhorn, John Dos Passos, Dorothy Parker, Ilya Erhenburg… que fueron llegando, unas veces de visita y por pura curiosidad, y en otras para cumplir algún encargo de sus respectivos medios informativos[8].

La mirada de Alejo Carpentier   

Entre estos variopintos personajes, llegó también el escritor y musicólogo de nacionalidad cubana Alejo Carpentier, tal vez el autor que fijó su mirada literaria con más ahínco sobre Benicássim y su hospital de sangre, por ideología y sentimiento de proximidad a la causa republicana. Carpentier un autor de enorme calidad literaria, con sangre centroeuropea y apellido francés, se sintió un brigadista más. Así parece derivarse de la lectura de su extensa novela con un título arrancado al formidable ballet de Igor Stravinski, La consagración de la primavera, escrita en 1978[9] (la fecha en que se hizo la actual Constitución española). Avanzar por sus páginas es acompañar a Carpentier en una aventura para iniciados en el barroco literario y para coleccionistas de escenas dramáticas y costumbristas. Su erudición es portentosa como lo es su arraigada fe en la revolución socialista y en el triunfo de la República en la guerra de España.

Una mujer, Vera, que dice de sí misma: “Hasta ahora sólo he vivido a ras del suelo, mirando al suelo (…) midiendo el suelo que va de mi impulso (…) para girar sobre mi misma…” viaja a España. Se trata de una bailarina de ballet, naturalmente, rusa: “Tranco, salto, levitación (…). La danza…” En París aprende a mirar y entender “el caballo de Guernica” que pintara Picasso; en su visita a “un Pabellón impresionante (el de la República española) (…) por su desnudez, su altiva pobreza, junto a los declamatorios alardes del Pabellón de Italia, rastacuero, fanfarrón  y operático, centrado en una estatua ecuestre de Mussolini”… Vera, atraviesa la frontera en Port-Bou. Observa el contraste entre el cartel francés que anuncia el Carnaval de Niza y narra lo que encuentra en España:

aquí (…) mujeres vestidas de negro, hombres vestidos de negro, varios enfermeros, soldados  ¾o milicianos, no sé…¾  que corren, gritan, se afanan, en torno a un cráter abierto en roca gris, entre casas destruidas, de paredes rajadas, humeantes aún (…) Hay heridos ¾o muertos¾ ya que varias camillas levantan cuerpos cubiertos de sábanas (…) Y, detrás los que sacan cosas del hoyo: una silla de mimbre, un retrato en marco dorado, un santo descabezado, un caballito… (…) ¾“No volverán hoy¾ dice la niña mirando al cielo…”  

Es la guerra. Los bombardeos. Páginas atrás recordando a Van Gogh dirá: “Pero aquí se acabaron los girasoles, las pinceladas de sol en sol mayor…” Y la bailarina llegará hasta Valencia buscando a alguien que está herido… “Así pues mañana iré a Benicàssim…”

Carpentier no es un entusiasta a ciegas. Es crítico y hasta autocrítico. La mujer, convertida en enfermera voluntaria, entra en un bar, abierto pese a la hora avanzada, contraviniendo una prohibición gubernamental y en la pared, junto a los carteles publicitarios de la época (el de Heno de Pravia…), descubre otro firmado por la FAI, que reza así:

EL BAILE ES LA ANTESALA DEL PROSTÍBULO: CERRÉMOSLO.

LA TABERNA DEBILITA EL CARÁCTER. CERRÉMOSLA.

EL BAR DEGENERA EL ESPÍRITO. CERRÉMOSLO.”

¾ “¿El dueño de esto será enemigo de los anarquistas? ¾digo, riendo. ¾ Por el contrario es anarquista y de los duros. ¾ ¿Y cómo tiene abierto el bar?. ¾Por lo mismo, de que la prohibición, aquí emana del gobierno. Es su modo de demostrarse que a él nadie le pone el pie encima (…).

¿Les suena de algo? Un libro para leer y degustar. Un referente esplendoroso, torrencial, indignado y muy actual.[10]

Regler y el valor de unos brigadistas chinos  

     No fue tan solo Carpentier el único literato con pulsiones de brigadista. Hubo bastantes, desde jóvenes poetas británicos hasta novelistas, que transformaron su literatura en compromiso político directo y activo, como es el caso del comisario de la XI Brigada el alemán Gustav Regler, un autor de éxito durante la República de Weimar que participó ya en la defensa de Madrid, y que acompañó al ejército republicano en su retirada hasta Francia. Sus vivencias en la guerra de España quedaron relatadas en su novela coral: La gran cruzada, en la que curiosamente utiliza la palabra cruzada, que sería tan explotada por el franquismo y las jerarquías eclesiásticas en España durante y después de la guerra. Regler compartió con sus soldados las penurias de los campos de concentración galos. Y no fueron pocas. En su periplo francés, tras pasar por los campos de distribución, fue inquilino del más duro, el de Vernet d’Ariège, donde se pudo encontrar desde el  gran escritor Max Aub hasta el humilde y heroico sargento Fabra.[11]

Hubo otros pero, puestos a ocuparnos de los más olvidados, vale la pena detenerse en algunos aspectos que han salido a la luz recientemente, a raíz de la publicación de un libro sobre el tema,[12] como la participación de 13 brigadistas chinos en algunas de las más cruentas batallas de nuestra guerra civil. Esta historia, recuperada por dos científicos taiwaneses, completa y confirma la visión de unas Brigadas que, como dice un popular cartel editado por la Comisaría de Propaganda en plena guerra civil: “Todos los pueblos del mundo están en las Brigadas Internacionales al lado del pueblo español”. Pese a la popularidad del cartel, y de algunas fotos en las que también aparecían soldados de color, de nacionalidad estadounidense, este tema de la composición multirracial de aquellas unidades de voluntarios, ha venido siendo un aspecto olvidado o minusvalorado que quiero poner de relieve. Razones, pues, más que suficientes para cerrar estas páginas con un brigadista chino como protagonista. Primero una atenta mirada al cartel.





Tenemos enfrente el cartel. Lo miramos y por muchas veces que lo hayamos visto no deja de sorprendernos. Las tres razas principales están representadas: negros, blancos y asiáticos con una predominancia (en orden a lo cuantitativo) de la raza blanca. La leyenda se ajusta perfectamente a la idea que defiende.  Una idea global (mundial) presidida por el triangular y rojo emblema de las BI. 

Sabemos de la existencia de brigadistas chinos en Benicàssim, entre otras fuentes, por el relato de Sal Birbaum, un ciudadano estadounidense de color que un buen día emprendió viaje a España para luchar contra el fascismo, de su interminable y mareante viaje desde Nueva York a El Havre, donde conoció a un chino llamado Dong Hong Yick.  El chino hablaba muy bien inglés y llegaron juntos a París para marchar casi de inmediato, cruzando los Pirineos, a España…

Yick no era más que un mote. Su verdadero nombre era: Chen Wenrao (o Maurice Chen), nombre con el que se inscribió el formulario que rellenó a su llegada a España. Fue trasladado en agosto de 1937 a la brigada estadounidense Lincoln, al 24 Batallón de la XV Brigada. Vio como sus compañeros se batían en Quinto, y tras unos días de descanso intervino en la cruenta batalla de Belchite, donde su compañero Samuel Schiff resultó herido en una rodilla. Chen, que resultó ser un gran soldado,  recibió una bala que entró en su pie y salió entre sus dedos. Evacuados junto a otros combatientes (algunos chinos) el siete de septiembre, tres días después, ingresaron en el hospital de Benicàssim.

“Los pacientes eran distribuidos según su idioma y a Chen Wenrao se le asignó el mismo que a otro estadounidense (…) conductor de ambulancias”. Sabemos por este último que el chino tenía un gran sentido del humor y encajaba las burlas de sus amigos americanos que le llamaban “papagayo amarillo”. Sin embargo, los yanquis admiraban el buen inglés que hablaba Chen, tanto que lo creían nacido en los Estados Unidos. Solo en parte tenían razón, ya que Wenrao, nacido en 1913 o en 1910 (según versiones) en Taishan, emigró con su familia a los Estados Unidos de América cuando tenía ya más de veinte años. Por sus trabajos administrativos había adquirido amplios conocimientos, incluido el manejo del inglés, apropiados para desenvolverse en el gran país americano.

Una vez en Nueva York, perfeccionó su inglés en una escuela pública y se graduó en una escuela media, mientras trabajaba como camarero y cajero en un restaurante chino. En su tiempo libre (parece increíble), participaba en actividades organizadas por el Centro de Obreros chinos. En octubre de 1933 se afilió al Partido Comunista y fue secretario de finanzas de la Liga Antiimperialista. Chen recibía, estando en España, por medio de sus amigos chino-americanos, cigarrillos, libros y periódicos. En el hospital de Benicàssim tuvo tiempo para leer y escribir dos cartas a Nueva York “informando detalladamente de las batallas de Quinto y Belchite”. Tomadas como crónicas fueron publicadas en un periódico local a finales de 1937 y principios de 1938.

En el hospital de Benicàssim no faltaba a ninguna de las actividades habituales de todos los pacientes: los lunes, clases de español y reunión; los martes, noticias de la semana; los miércoles, español y cine; los jueves, concierto semanal; los viernes, español y conferencia sobre España; el sábado, descanso; y el domingo, alpinismo y baile semanal. Chen conoció a otros dos chinos en Benicássim Lin Yishi y Liu Huafeng, compañeros de lucha que mientras curaban de sus heridas dudaban sobre quedarse en España o volver a China para tomar parte en la guerra desatada contra los invasores japoneses.

Chen se presentó en Albacete, cuartel general de las Brigadas, con su alta en el bolsillo cerca de las Navidades de 1938. Fue herido de nuevo, al perecer en los combates de Gandesa,  e ingresado de nuevo en Benicássim (¿?), cosa que nos tememos  fuera posible, ya que en mayo de ese año, como sabemos, el hospital había sido evacuado. Lo único que se sabe de cierto de la vida posterior de este brigadista chino, que hemos tomado como ejemplo, es que retornó a su país, pues su imagen, o la de su doble, sde deja ver en las películas documentales: Los norteamericanos en España (rodado en aquellos años) y en The Good Fight, rodado en USA., en los años ochenta del siglo XX.

La historia de Chen Wenrao como la de cualquier brigadista es toda una historia apasionante y, a veces, cuajada de sorpresas.

por José Antonio Vidal Castaño

Doctor en Historia Contemporánea
(16-11-2013)



[1] Julián Casanova: España partida en dos. Breve historia de la guerra civil española, Barcelona, Crítica, 2013. Un libro altamente recomendable por su capacidad de síntesis para explicar lo que fue la contienda entre 1936 y 1939.

[2] Paul Preston: La guerra civil española, Barcelona, Debate, 2006, p. 180.

[3] Véase lo que dice al respecto el que fuera, más tarde, jefe guerrillero Florián García Velasco, Grande, combatiente en 1936 en el frente de Madrid, en: José Antonio Vidal Castaño, La memoria reprimida. Historias orales del maquis, Valencia, PUV, 2004, p. 123.

[4] El doctor Neumann era el jefe del Servicio Sanitario Internacional (SSI), que, a su vez, estaba en contacto con los directivos del Socorro Rojo Internacional. Éstos visitaron al socialista Manuel Rodríguez, entonces Gobernador Civil de Castellón, con la intención de pedirle orientación para abrir un centro hospitalario. Fue éste el que aconsejó la visita a las Villas de Benicàssim, lugar idóneo, en su opinión, por su “proximidad con el mar y los aires salinos de las montañas”.

[5] Para más datos, José Antonio Vidal Castaño: “Brigadistas en el hotel Voramar” (El Punt, 21-05-2007).

[6] Véase: http://www.aulamilitar.com/dumont.hts

[7] Rafa Pallarés: Voramar, 75 Aniversario 1931-2006, p. 25. Autoedición del folleto explicativo sobre la historia y evolución de este emblemático hotel de Benicàssim.

[8] José Antonio Vidal Castaño: “Recordar las Brigadas Internacionales” (El Viejo Topo), nº 291, pp. 34 a 39. Una versión, que he dedicado al que fuera deportado en Mauthausen y gran amigo, Paco Batiste, con el título de “Benicássim y las Brigadas Internacionales”, se ha publicado en: R. C. Torres, C. Escrivá, S. Esparducer y J. Medina, en: Les Brigades Internacionals a Benicàssim, Valencia, Cultivalibros, 2013, pp. 64 a 72.

[9] Alejo Carpentier: La consagración de la primavera, Madrid, Akal, 2011. La edición consultada sigue a la primera fechada en México, Siglo XXI, en 1978.

[10] Todas las citas utilizadas se encuentran en la citada edición del libro de Alejo Carpentier. Pp. 11 a 20; 28 y 29; 169 y 170... y un largo etcétera.

Para conocer la situación del campo de Vernet d’Ariège, consultar: José Antonio Vidal Castaño: “Prisionero en ‘Le Vernet’”, en El sargento Fabra. Historia y mito de un militar republicano (1904-1970), Madrid, Los libros de la Catarata, 2012, pp. 293-299.


[12] Hwei-Ru Tsou y Len Tsou: Los brigadistas chinos en la guerra civil. La llamada de España (1936-1939), Madrid, Libros de la Catarata, 2013.

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