martes, 29 de diciembre de 2009

Pensar la experiencia republicana

Asistimos en los últimos años a un creciente interés por las conmemoraciones republicanas, que no parece haber disminuido en el 76 aniversario de la Segunda República. Buen ejemplo ha sido el tren que el 15 de abril recorrió varias comarcas valencianas entre las ciudades de Castellón y Alicante con 2.000 viajeros exhibiendo prendas e insignias, cantando himnos revolucionarios y agitando banderas tricolores. Interés en alza entre jóvenes ajenos a la Guerra Civil y la posguerra que se vienen sumando a las propuestas de restauración republicana. Comparto la necesidad de trascender el modelo de la monarquía hereditaria para recuperar el republicano, más adecuado, sin duda, para el pleno desarrollo de la democracia parlamentaria. Pero, de acuerdo con Haro Tecglen en su Diccionario político, la República es una “forma (de gobierno) de gran carga histórica, que carece de un contenido claro” y más en las actuales circunstancias. Hoy tras dos siglos de experiencia republicana en el mundo, parece razonable e ineludible ir más allá de la formalidad de consignas y símbolos, de secuelas nostálgicas y apariencias románticas, para penetrar los contenidos políticos y sociales que representan. Proponer hoy y aquí una tercera experiencia republicana supone hacer un esfuerzo por analizar y pensar las experiencias republicanas anteriores, las aportaciones reformadoras y progresistas, así como los errores y retrocesos, en particular respecto de la Segunda Republica; una experiencia, en mi opinión, no suficientemente explicada ni asimilada.


La actual efervescencia republicana, muy ligada al movimiento asociativo por la ‘recuperación de la memoria histórica’, usa la Segunda Republica como referente formal obligado más que como punto de partida y depósito de experiencias. La escasez en la reflexión política apunta tanto a las elites políticas, como a analistas mediáticos; incluso historiadores que no parecen afectados por lo que Josep Fontana, recordando a Vicens Vives, sostiene: “la finalitat essencial (…) de la ciencia històrica en general era “servir al país”. Cabe recordar que gobiernos antidemocráticos como los de Hitler, “republicas democráticas” del ex imperio soviético, la URSS en tiempos de Stalin, actuales gobiernos de Putin o de Polonia, dictaduras americanas, asiáticas o africanas, usaron y usan envoltura republicana. Hemos de ser capaces, pues, de pensar nuestro pasado republicano y extraer las lecciones pertinentes. La historia de la Segunda Republica española encierra, según el profesor Nigel Townson (La República que no pudo ser, Taurus 2002) constante pugna entre la consolidación del régimen, aún a costa de frenar el progreso o, la necesidad de implantar reformas sociales, pese al peligro de inestabilidad del régimen. Esta dicotomía entre “radicales” (centristas), republicanos de izquierda, partidos y sindicatos obreros y nacionalistas, dividió el campo republicano entre 1931 y 1936, facilitando la expansión de las derechas y la aparición de una extrema derecha; contradicción que no fue resuelta. No es más que un ejemplo sobre el que proyectar los análisis actuales, para caminar hacía una futura republica.


Pie de foto
Elecciones 1934 / Archivo José Huguet
Votar deber inexcusable
Monjas, curas y frailes votaron disciplinadamente en beneficio de la victoria conservadora frente a los republicanos de centro y las izquierdas, en el año que se estrenaba el voto femenino en España. Una imagen oportuna para despejar dudas de conciudadanos indecisos.

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